viernes, 27 de marzo de 2020

El enigma de Fermat, de Simon Singh


EL ENIGMA DE FERMAT – marzo 2016
Hacía tiempo que una lectura no me atrapaba tanto, y eso que este libro no es una novela ni el tema parece a priori demasiado atrayente.
Quizá algunos hayan oído hablar de Pierre de Fermat, matemático francés del siglo XVII (ese siglo que presenció el despegue de la ciencia, que se sacó de encima el lastre que la religión cristiana le estaba imponiendo). Este brillante hombre de ciencia enunció el siguiente teorema en 1637:
Si n es un número entero mayor que 2, entonces no existen números enteros positivos x,y y z tales que se cumpla la igualdad:
Lo curioso del caso es que Fermat no demostró jamás este teorema; lo único que dejó por escrito es que tenía una demostración maravillosa, pero que no la ponía porque no cabía en los márgenes del libro donde la había anotado.
Pues bien, este teorema tardó la friolera de 350 años en ser demostrado, y para ello tuvieron que crearse matemáticas nuevas. De hecho, este libro recoge la historia de todos los matemáticos que intentaron sin éxito demostrar este teorema, intercalado con el proceso que llevó a Andrew Wiles, el matemático que finalmente lo demostró, a embarcarse en ese proyecto desde que era un niño.
Al leer la accidentada historia de la demostración del teorema de Fermat, me maravillo de cómo se desarrollaron las circunstancias a lo largo de los siglos para que muchos matemáticos de épocas diferentes pusieran su granito de arena (inconscientemente) en un trabajo en equipo que parece trascender épocas y lugares. Me maravilla la grandeza del ser humano que se pone una meta y no se detiene hasta conseguirla. El caso de Andrew Wiles es especialmente digno de mención: desde muy niño se propuso demostrar el teorema y, ya bien entrado en la cincuentena, lo consiguió (aun cuando se dice que los matemáticos hacen sus aportaciones más brillantes cuando son jóvenes). Pero no fue fácil: incluso cuando publicó su demostración, le hicieron notar que había un punto en el que esta no se sostenía, y tardó un año en reforzar ese punto.
Me pregunto: ¿cómo puede alguien llevar a cabo una empresa en la que otros antes que él han fracasado y pensar que va a tener éxito? ¡Incluso un genio de las matemáticas como fue Euler solo consiguió demostrar que el teorema era cierto para n=3!
Muchos matemáticos creen incluso que Fermat en realidad estaba fanfarroneando y que no tenía una demostración (o que creía tenerla pero era errónea), pero ese es un secreto que se llevó a la tumba.
En este libro, se dice que en la actualidad hay matemáticos que están intentando demostrar el teorema con las matemáticas que había disponibles en el siglo XVII. ¡Es curioso cómo los seres humanos nos planteamos retos incluso donde no parece haberlos!


Miedos


El miedo forma parte de nosotros. Es algo común a los animales y a seres humanos. Supone una especie de mecanismo de autopreservación: el miedo es necesario para que podamos ser conscientes del peligro que podemos correr. La inconsciencia es una sentencia de muerte si no aparece el miedo para contrarrestarla.
Dicho esto, está claro que el miedo se justifica solo cuando hay un peligro real, y cuando es de intensidad lo suficientemente baja para obligarnos a reaccionar ante ese peligro. De lo contrario deja de tener su función de autopreservación para pasar a bloquearnos. El exceso de miedo impide toda acción y todo pensamiento racional que nos ayude a encarar una situación determinada. Ahí es donde tiene que entrar en escena el dominio de uno mismo. Pero, ¡qué difícil es dominarse cuando el miedo entra en acción! Es bien cierto que el miedo es libre.
El hombre primitivo temía lo que no podía comprender. Es algo natural, pues en los albores de la civilización no se había desarrollado el afán de encontrar respuestas racionales a fenómenos naturales: todavía no había aparecido el espíritu científico. Las tormentas, las inundaciones, los incendios...todo era atribuido a dioses airados y vengativos que descargaban su cólera sobre la creación por alguna afrenta o desobediencia desconocida. Para apaciguar a los dioses se crearon toda una serie de ritos, algunos de ellos muy sangrientos, que costaron muchísimas vidas humanas. Se creía que el tributo de sangre humana era un precio lo suficientemente alto; ¿cómo no iban los dioses a atender a las peticiones de los humanos cuando estos habían pagado un precio tan alto como era una vida humana? Todo formaba parte de una pueril negociación con los dioses: tú me das, y a cambio yo te doy.
Lo curioso de todo esto es que esta idea, aunque a todos nos suene primitiva y pueril, no ha desaparecido del todo: aún hoy en el cristianismo se dice que Jesús murió para expiar los pecados de la humanidad. Esto es, el precio de una vida humana (de la más elevada que hubo nunca en este planeta) a cambio de que nuestros pecados fueran perdonados.
A poco que se reflexione sobre ello, no deja de parecer un disparate que los dioses (o Dios) necesiten cobrarse un precio en sangre. Los dioses no castigan. Si tomamos como punto de partida la paternidad de Dios, ¿no empieza a carecer de sentido que Dios tenga esa actitud vengativa hacia sus criaturas? En ese caso no sería un padre amoroso, sino un padre maltratador.
Pero volvamos a los hombres primitivos, pues de ahí es de donde vienen los miedos que todavía tenemos instalados muy adentro de nuestro ser. El miedo a lo desconocido les llevó a imaginar que todo lo que no podían explicar era obra de seres invisibles: los fantasmas o espíritus. Se creía que los fantasmas eran los muertos que no habían podido pasar al otro lado. Habitaban en los sueños de los hombres pero, como estos no sabían separar los hechos de la vigilia con sus sueños, consideraron en consecuencia que los fantasmas eran reales. Para conseguir que los fantasmas se marcharan y se fueran a ese otro mundo (que para el hombre primitivo era prácticamente idéntico a éste), crearon toda una serie de ritos y ceremonias, muchos de los cuales aún sobreviven en los ritos funerarios actuales (como, por ejemplo, el uso de velas, la presencia de cipreses en los cementerios, etc.)
Podemos llegar a entender que los hombres primitivos temieran lo que no conocen porque lo desconocían casi todo acerca de las causas de los fenómenos naturales. Pero, ¿y nosotros? ¿Acaso nuestra razón, nuestro intelecto, no tiene las herramientas y los conocimientos suficientes para intentar buscar explicaciones razonables a fenómenos que no comprendemos? ¿Por qué sigue habiendo supersticiones? ¿Por qué se sigue hablando de magia? ¿Por qué seguimos creyendo en los fantasmas como en seres que nos pueden hacer algún mal?

Los que no nacieron, de Frank Werfel

En este libro, Frank Werfel nos describe un “viaje” al futuro lejano de la Humanidad (supuestamente dentro de 100.000 años). En todo momento se describe el viaje como si se hubiera hecho realmente, aun cuando no se den detalles de cómo se hizo, con lo cual realmente he llegado a pensar si no sería éste el típico libro en el que la verdad se disfraza de ficción, como sucedería por ejemplo con “La rebelión de Lucifer” de Benítez, o “La conspiración del Juicio Final” de Sidney Sheldon.

En la sociedad que nos describe el autor, la humanidad se ha visto notablemente reducida en número, como resultado de diversas guerras mundiales que han ido sucediendo a lo largo de los tiempos, de modo que se llega a un solo gobierno, una lengua, una raza. Los humanos de entonces son de apariencia frágil, no tienen pelo en el cuerpo, van desnudos (aunque ligeramente cubiertos con velos transparentes), y son mucho más “mentales” que “físicos”. En cuanto al planeta, en el pasado sufrió los efectos de una “transparencia” del Sol, un fenómeno que apenas duró décimas de segundo, pero que supuso grandes cambios en el medio ambiente, como por ejemplo la desaparición de los pájaros, y que la vegetación fuera menos variada de lo que lo es actualmente.

Los seres humanos de aquel tiempo han llegado a transportarse de un lugar a otro utilizando simplemente la voluntad, no sólo dentro del planeta sino incluso proyectándose a otros lugares del sistema solar y del Universo. Se han erradicado las enfermedades, el hambre, las guerras; los seres humanos no envejecen, y pueden llegar hasta los 200 años de vida. Sin embargo, en lo que el autor cree un Paraíso, se esconden también las sombras. Los humanos de entonces no aceptan la muerte tal y como nosotros la entendemos, sino que van a su encuentro deliberadamente. La niegan incluso de su idioma, pero el fin que eligen resulta mucho más terrible. Además, detrás de los buenos modales y de la apariencia amable, el ser humano sigue con su “marca de la bestia”, que finalmente acaba explotando en una catástrofe final. Aunque al final se da el detalle esperanzador de que uno de los humanos de entonces acepta la muerte sin “ayuda”, tal y como la entendían sus contemporáneos.

El libro me ha parecido sin duda muy interesante, de esos que te llevan a reflexionar sobre su verosimilitud. Había eso si detalles del mundo futuro que me chocaron bastante, como por ejemplo la supervivencia de la Iglesia Católica (aunque mucho más tolerante y conciliadora de lo que lo es actualmente), y el hecho de que los humanos de entonces hubieran comprobado que eran los únicos seres inteligentes del Universo, cosa que desde luego no puedo aceptar de ninguna manera. Sin embargo, también el autor habla de un “viaje” por Mercurio y Júpiter que me resulta tan real, que no sé qué pensar. Realmente da la impresión de que estuvo allí, por lo que cuenta de esos planetas.

Las torres del olvido

 Las torres del olvido es una novela de ciencia-ficción del escritor australiano George Turner. La novela se publicó en 1987 y describe cómo sería la sociedad del año 2050, nada utópica y si muy distópica. Hoy, 26 años después, se puede ver con desasosiego que nos vamos encaminando hacia la sociedad de mitad del siglo XXI, si no hay nada o nadie que lo remedie.

El autor nos describe un mundo en el que el calentamiento global está empezando a dejar sentir sus efectos en todo el globo, no solo en los polos. El agua del mar está avanzando, de modo que gran parte de las ciudades costeras se ha visto inundada por el agua. Las inundaciones son cada vez más dañinas y torrenciales, y eso perjudica las cosechas. La población mundial ha llegado a los 10.000 millones de personas, y solo el 10% de ellas tiene trabajo. Este hecho, justamente, es el que ha llevado a clasificar a la población en dos categorías básicas: los supra, que son los que trabajan y tienen por lo tanto un estatus de vida elevado; y los infra, que no trabajan y que malviven en enormes rascacielos, subsidiados por un Estado que cada vez está más sumido en la bancarrota. Dentro de los supra están los extra, aquellos que por su inteligencia el Estado recluta para dedicarlos a aquello para lo cual tienen una capacidad superior.

La acción principal se desarrolla mucho después de esa época, con gran parte de las tierras bajas anegadas, pero parece que la humanidad está en una situación mejor pues ha aprendido de los errores de aquella época (llamada del Invernadero). Una historiadora de esa época se ha dedicado a investigar sobre esos tiempos lejanos y ha escrito una novela coral (esto es, hay una novela dentro de otra), en la que cada personaje ofrece una perspectiva distinta sobre aquellos tiempos.

La verdad es que da muy mal rollo ver cómo nos estamos dirigiendo hacia esa sociedad; la crisis actual está haciendo que el paro se dispare hacia niveles insostenibles en varios países; algunos están hablando ya de “renta mínima”, que cobrarían los parados de larga duración para cubrir sus necesidades más básicas. El efecto invernadero parece seguir su curso sin prisa pero sin pausa, así como el aumento de la población. Los recursos naturales siguen su vía de agotamiento, y el neoliberalismo económico sigue siendo la doctrina predominante: el afán de lucro campa a sus anchas, las máquinas siguen sustituyendo a las personas y muchos todavía siguen creyendo que los recursos del planeta son infinitos. Y, si no lo creen, no miran más allá de los beneficios a corto plazo.

Sin embargo, la novela deja un resquicio a la esperanza, pues de entre algunas personas de aquella sociedad surge la iniciativa de formar lo que ellos llaman Nuevos Hombres, entre los que no existiría la distinción supra-infra y que tendrían la posibilidad de desarrollar todo su potencial, independientemente de su origen social. Y comienzan, como no podría ser de otra manera, con la educación de los niños.

Enlace para descargar la novela en formato epub y PDF

La importancia de la educación


Siempre que he reflexionado acerca de cómo conseguir una sociedad mejor, he acabado llegando a la conclusión de que la educación es la condición primera para llegar a formar a nuevas personas, que a su vez transformarían la sociedad para hacerla más justa.
En primer lugar, la adquisición de cultura nos aporta un bagaje de conocimientos que nos hace comprender la relatividad de muchos de nuestros juicios de valor: conocer otras culturas nos hace comprender que hay valores en otras culturas que pueden llegar a ser tan válidos como los nuestros. En segundo lugar, nos hace más críticos frente a la avalancha de información que sufrimos en las sociedades occidentales. Sin un mínimo de sentido crítico, estamos a merced de la maquinaria generadora de opinión, que nos muestra la realidad de forma sesgada y parcial, de modo que acabamos creyendo que la visión que nos ofrecen los medios de comunicación es la única posible.
Por desgracia, son malos tiempos para la cultura. Los gobiernos siempre “meten la tijera” en los presupuestos de educación y en las medidas sociales, se recorta el Estado del bienestar y la educación es una de las grandes perjudicadas. Con ello la calidad de la enseñanza pública desciende de manera preocupante, y, para más inri, se nos “sugiere” que debemos acudir a la enseñanza privada (léase “de elites”) para conseguir una preparación de calidad.
Para evitar que esta situación se degrade todavía más, debemos ser conscientes de que la educación es un derecho al que no debemos renunciar. Y no debemos conformarnos con una enseñanza de simple acumulación de conocimientos, sino que esta debería llevarnos a sintetizar, a extraer nuestras propias conclusiones, a elaborar aquello que hemos aprendido. Que se fomente en las escuelas la afición a la lectura, no obligando a leer, sino mostrando cuán apasionante puede llegar a ser un libro, y lo mucho que una buena lectura nos puede cambiar la vida.
De todas formas, no hay que pensar que la escuela es la única responsable de la formación de los niños. Como padres, tenemos la responsabilidad de seguir de cerca la educación de nuestros hijos, de preocuparnos del nivel de la enseñanza, de conseguir que tengan una formación completa. Allá donde no llegue la escuela, deben llegar los padres.
Sin un mínimo de cultura, somos borregos a merced de lo que el Poder quiera de nosotros. Como dijera Kant, el gran filósofo alemán, “¡atrévete a saber!”.


La democracia


(Esto lo escribí en 2002. Ahora quizá matizaría algunas de las cosas que dije, pero creo que merece la pena mantener el texto tal como lo redacté entonces)

La democracia es un sistema político que asiste hoy en día a su triunfo y a su fracaso. Hoy en día nadie la discute, muy pocos dudan que sea el mejor de los métodos (o, al menos, el menos malo) para elegir a aquellos que nos gobiernan. Pero, por otro lado, en las sociedades occidentales, la apatía política de los votantes va en aumento, desengañados de la clase política de sus respectivos países, más interesados en perpetuarse en el poder, y de servir a los intereses de unos pocos, que en atender a las peticiones del ciudadano de a pie.
¿Realmente la democracia debe limitarse únicamente a votar cada cuatro años a aquellos que nos gobiernan? ¿Es el sistema democrático que funciona en los países autodenominados como tales (con todas sus variantes) un sistema de elección justo?
Respecto al fenómeno de la abstención, que los políticos consideran como signo de apatía de aquellos que no van a votar, considero que el sistema de voto debería recoger algo más que el apoyo a unos candidatos. Igual que existe el voto en blanco, debería existir el voto “en negro”, que significara aproximadamente “he ejercido mi derecho al voto, pero considero inaceptables todas las alternativas que se me ofrecen”, que fuera una especie de toque de atención a los políticos, en lugar del voto en blanco, que se añaden a la opción más votada sin más. Los votos negros serían un “indicador del descontento” de los votantes hacia sus políticos, y al menos quedaría clara la discrepancia frente a ellos, en contraste con la abstención, los votos en blanco y los votos nulos.
Seguro que, cuando los “votos negros” fueran un porcentaje considerable, los políticos se “pondrían las pilas” y empezarían a replantearse sus acciones.
Por otro lado, quería comentar otro de los problemas de la democracia, tal y como se está aplicando actualmente, y que ya Platón y Aristóteles criticaron en su día. Quisiera que no se me malinterpretara, así que intentaré explicarme lo mejor que pueda. En una sociedad más o menos homogénea, en la que todos los ciudadanos tuvieran un nivel cultural alto, con acceso a toda la información necesaria para poder tomar una decisión equilibrada y racional, de modo que los ciudadanos siempre tuvieran claro lo que desean y lo que no frente a cada cuestión planteada, es normal y lógico que se aplique el lema “un hombre (o mujer, por supuesto), un voto”.
Mas, ¿qué es lo que sucede en las sociedades actuales? Que precisamente hay una gran heterogeneidad entre sus miembros, grandes desigualdades en la formación, y la información que nos llega está muy manipulada y tergiversada, de modo que en general los ciudadanos no están en condiciones de saber qué es lo que quieren para el buen gobierno de su país. En estas condiciones, ¿no sería bueno que hubiera un “voto de calidad” entre los ciudadanos más y mejor formados? Cuando el pueblo se torna “populacho” malamente puede decidir racionalmente el gobierno que desea. Y sin embargo en la democracia el voto es uno, independientemente de la condición del votante.
Esta idea ya se había formulado antes (por ejemplo, por el filósofo liberal John Stuart Mill), solo que con un toque marcadamente elitista. Por mi parte, no estoy de acuerdo en fomentar elites, pero... ¿no se le debería dar más peso específico al voto de aquellos que estén más preparados, que sean en definitiva más sabios? Aunque queda, claro está, el problema de quién decide que el voto de alguien valga más que el voto de otro.
A propósito del sistema político, quería comentar otra característica que ha aparecido en los últimos años en las democracias occidentales, y es el desprestigio de los partidos políticos en beneficio de otro tipo de organizaciones y asociaciones más desligadas del juego político, pero en las que los ciudadanos tienen una participación más directa, como sería el caso de las organizaciones no gubernamentales, plataformas reivindicativas, y demás asociaciones. Una de las cuestiones que yo misma me planteo es: ¿deberían los partidos políticos “reformarse”, abrirse a los ciudadanos, que se empapen de más democracia interna, o estos deben considerarse ya caducos y ser sustituidos por otro tipo de organizaciones?
La participación política se encuentra hoy en día tan encorsetada, tan circunscrita a unas personas y unos ámbitos profesionales, que difícilmente puede responder con celeridad y eficiencia a muchos problemas que exigen una respuesta rápida y satisfactoria. Ya no valen componendas entre grupos políticos, repartos de poder, “hoy por ti mañana por mí”...en definitiva, lo que es el día a día del político. La degradación del medio ambiente, la precariedad en el trabajo, los índices de desempleo, la ayuda a los países más desfavorecidos, y tantos otros problemas, deberían ser afrontados con auténtica voluntad de resolverlos, no con la intención de que todo cambie para que todo siga igual.
Pero, para que los políticos reciban el toque de atención, deben de estar más presionados por la ciudadanía, así que nos corresponde a todos participar utilizando las armas de las que disponemos, aunque estas sean pocas y muy manipulables.


El ser libre


Nota: este escrito fue originariamente un trabajo que hice para una asignatura de Filosofía, allá por 2006.
¿Existe en algún lugar el superhombre? Creo sinceramente que sí. Pero, ¿cómo es? Yo lo concibo de forma bastante diferente a como lo concibe Nietzsche. Prefiero denominarle “ser libre”, porque del mismo modo que hay superhombres, también hay supermujeres. Antes de exponer cómo concibo a los seres libres, quisiera decir que ya va siendo hora de que todos los seres humanos seamos conscientes de nuestra propia fuerza. Simplemente hemos de tener claro cuáles son las herramientas que tenemos a nuestra disposición, cuáles son nuestras capacidades.
En primer lugar, estamos dotados de mente para razonar, para comprender el mundo que nos rodea, para intentar concebir incluso lo que no percibimos con nuestros sentidos. Tenemos no sólo mecanismos de razonamiento consciente, sino también lo que ha dado en llamarse “intuición”, injustamente denostada pero que podría concebirse como otro mecanismo mental más; como tal, debería utilizarse sin desconfiar de él.
En segundo lugar, el ser humano tiene la capacidad de crear un entorno a su medida, y de ir progresando en esta habilidad a medida que avanza la historia de la humanidad. A diferencia de los animales, que deben adaptarse al entorno y están por tanto condicionados por él, el ser humano no sólo puede adaptarse al entorno sino además influir en él, modificarlo a su conveniencia. Desde el inicio de los tiempos los hombres han creado utensilios, han construido viviendas, han explotado los recursos naturales.
Otro de los rasgos definitivos del ser humano que nos diferencia de los animales es la capacidad de tomar decisiones morales, lo que llamamos “libre albedrío”. Somos libres para decidir, pero quien es realmente libre no utiliza la libertad para cometer atrocidades arbitrarias contra sus semejantes. La libertad debe ir acompañada de responsabilidad hacia los propios actos y, sobre todo, en sus implicaciones hacia los demás, que también son seres libres con derecho a ejercer su libertad sin trabas. Por desgracia, muchos son los que creen que la libertad implica ausencia de límites, cuando en realidad nuestra libertad está limitada (o debería estarlo) por el respeto, por un lado hacia nuestros semejantes, y por otro hacia nuestro entorno.
La libertad tiene tres vertientes: libertad de pensamiento, libertad de expresión y libertad de acción. Respecto a la primera, no necesitamos someternos a las opiniones de los expertos en asuntos en los que nosotros también podemos opinar. Tenemos a nuestro alcance la información suficiente para poder formarnos una opinión respecto a una gran variedad de temas, ya sean políticos, científicos, éticos, sociales y religiosos. La sumisión a cualquier autoridad intelectual, religiosa o política implica renunciar a nuestra libertad a cambio de falsas seguridades. En cambio, una persona que ejercita la libertad de pensamiento no se deja dominar, sino que asiente o disiente de todas las autoridades humanas según criterios previamente razonados. Por ello no es ni será fácilmente manipulable.
En cuanto a la libertad de expresión, no debería entenderse sólo como un derecho político dado “desde fuera”, sino también como un derecho que tenemos por el hecho de ser humanos. En este caso, el único límite que debemos imponernos tiene que ver con la forma en que esa expresión se encauza. También hemos de tener en cuenta que los silencios son otra forma de comunicar. Es mejor ser dueño de nuestros silencios que esclavo de nuestras palabras. En cualquier caso, tanto el fondo como la forma deben depender de los interlocutores o lectores a los cuales se está dirigiendo la palabra.
Por último, a la libertad de acción se le imponen las mismas restricciones que a la libertad de expresión: debemos ser respetuosos con la libertad de los demás. Si somos libres en nuestro interior, nada ni nadie puede cercenar esta libertad, aunque el cuerpo esté encerrado entre los muros de una prisión.
Son muchos los que, por desgracia, se llenan de cadenas, de miedos, de esclavitudes. A veces por pura comodidad y otras por miedo a volar. Muchos prefieren la comodidad de dejarse llevar por la corriente, de no pensar sino que sean otros los que piensen, los que deciden por nosotros. O bien les domina el temor a lo desconocido, que hace que muchos se aferren a la tradición, al dogma, a lo establecido, antes que lanzarse a nadar en aguas desconocidas, por muy prometedoras que estas puedan ser.
El ser humano que se atreve a ejercer los dones de los que dispone, el ser libre, es como la criatura que siempre ha vivido aferrada a las piedras del lecho de un río y, un buen día, harta de su monótona existencia, decide soltarse de las rocas a las que ha estado agarrada toda su vida, dejarse llevar, probar otra forma de vivir. Al principio la corriente le golpea contra las piedras, pero poco después se eleva hacia la superficie y nada ni nadie pueden lastimarle. Es como el hombre que, en el mito de la caverna de Platón, consigue escapar de las cadenas que le mantienen preso en la caverna, sale al mundo exterior y contempla el mundo tal y como es. Para él la realidad deja de ser el teatro de sombras chinescas en el que otros le habían hecho creer.
Tenemos a nuestra disposición todo aquello que nos permite romper las cadenas que nos esclavizan. Seres humanos, hombres y mujeres, estamos dotados con todo lo necesario para ejercer nuestra “libertad responsable”. Eso sí, el que se atreve a vivir libremente no debe esperar reconocimiento social ni comprensión. Es muy probable que sienta muy a menudo los zarpazos de la soledad. Su vida no será fácil, aunque con toda seguridad será mucho más plena, más verdadera que la de aquellos que dejan que la vida les pase por encima como una apisonadora antes que ser ellos los protagonistas y dueños de su vida.
El ser libre y Dios no son incompatibles sino complementarios. El superhombre no precisa matar a Dios (al modo nietzscheano) como condición previa para ser superhombre. No es dios, pero tampoco subestima el potencial humano, su propio potencial. El ser libre y Dios no son antagonistas sino socios. El ser libre, ser finito e imperfecto, permite a Dios liberarse de las cadenas de su propia infinitud y perfección y conocer la finitud y la imperfección. Por otro lado, Dios le concede al hombre, al ser racional, el libre albedrío, para que sea él y sólo él el dueño de su propia vida. Dios le da al ser humano incluso la libertad de no creer en Él, su Creador.
El ser libre es dueño y señor del mundo, pero no por ello lo tiraniza ni lo destruye para su propio beneficio material. Como ser libre y a la vez responsable, sabe que no puede esquilmar los recursos del planeta, porque entonces estaría vulnerando los derechos de los seres humanos presentes y futuros, que también tienen derecho a explotar los recursos naturales sin que su futuro se vea hipotecado por la acción irresponsable de las generaciones pasadas.
El ser libre, el superhombre, sabe que es un sujeto activo de su vida, no se deja llevar por la inercia del rebaño, por las corrientes imperantes de pensamiento, a no ser que decida activa y conscientemente adherirse a ellas. No es la vida quien le vive a él, sino él quien vive la vida. Sabe que la vida hay que vivirla plenamente porque, como mínimo, y a falta de mayores certezas, es la única vida que conocemos. Aunque le gusta pensar que hay un propósito detrás de la razón de existencia de los seres humanos, porque le cuesta creer que la inteligencia humana sea fruto del azar y la necesidad. ¿De qué sirve acumular conocimientos y experiencias si todo eso va a perecer con el cuerpo? No todos los seres humanos dejan algo material tras su paso: libros, obras de arte, hijos…Todas esas personas no pueden haber vivido para nada. Y el ser libre piensa que, sin propósito, no hay sentido. Y, sin sentido, bien podemos entregarnos a la desesperación y a la inactividad más absoluta.
Para el ser libre, la búsqueda de la Verdad (con mayúsculas) es un imperativo moral, aun cuando sabe que la Verdad es como el horizonte: nos dirigimos hacia él pero no lo alcanzamos jamás. No obstante, lo que importa es el camino que recorremos para encontrarla. Alguien dijo una vez: “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Luego todo ser libre es, por definición, un buscador de la Verdad.
El ser libre no sólo quiere el bien para sí mismo, sino que quiere también que sus semejantes lo obtengan. Es consciente de todos los males, de todas las injusticias del mundo, y considera un imperativo moral aportar su grano de arena para paliarlos. Hay muchos frentes desde donde poder eliminar las situaciones injustas; el ser libre elegirá siempre el frente para el que esté mejor dotado de acuerdo a sus capacidades, porque sabe que ahí es donde puede ofrecer una mayor cantidad de ayuda. Pero también sabe que los remedios nunca deben imponerse, porque por encima de todo está el respeto a la libertad de sus semejantes, que son libres para aceptar o rechazar la ayuda que se les ofrece.
El ser libre es consciente de que la educación es una parte fundamental en el desarrollo del ser humano, y también de que es un aspecto que no se destaca lo suficiente en ninguna sociedad humana. Contempla entristecido que lo que parece realmente importante para la mayoría de sus semejantes es competir, aplastar al vecino, obtener poder, antes que recibir una formación adecuada. Siempre que ha reflexionado acerca de cómo conseguir una sociedad mejor, ha acabado llegando a la conclusión de que la educación es la condición primera para llegar a formar a nuevas personas, que a su vez transformarían la sociedad para hacerla más justa. Ya Platón, primero en “La República” y más tarde en “Las Leyes”, hacía hincapié en la educación como el pilar básico para crear una sociedad justa y equilibrada. Es una idea que ha calado hondo a lo largo de la historia del pensamiento, pero que hace ya años que está perdiendo peso.
Puesto que el ser libre se debe a la verdad (con minúscula) para acercarse a la Verdad (con mayúscula), no duda en cuestionar incluso lo que se considera “políticamente correcto”. Por ejemplo, en la política, no duda en cuestionar seriamente el dogma que afirma que la democracia es el mejor sistema político. Y más si se trata de sociedades heterogéneas, compuestas por seres humanos muy diferentes en dotes y capacidades. La democracia tiene una serie de peligros inherentes, como son la glorificación de la mediocridad, la importancia del tráfico de influencias, el sufragio universal en manos de mayorías incultas e indolentes y la esclavitud respecto a la opinión pública de los dirigentes.
En lugar del axioma democrático “un hombre, un voto”, el ser libre se plantea que aquellas personas que hayan prestado un gran servicio a la sociedad podrían disponer de votos adicionales, así como aquéllos que hayan contribuido más al erario público. Del mismo modo que se dan votos adicionales, se suprime el derecho a voto en diferentes casos, por ejemplo entre los anormales y los criminales. De todas formas, el ser libre es consciente de que, para que este sistema funcione y solucione las carencias de la democracia, tiene que haber unos mecanismos que decidan de forma honesta el peso que cada ciudadano debe tener en una votación. Y no hay sistema honesto sin personas honestas.
El ser libre es consciente también (aunque, al igual que con la democracia, es políticamente incorrecto incluso el plantearlo) de que debe llevarse a cabo una mejora física de la humanidad. No necesita más que echar un vistazo para darse cuenta de que la fealdad, la deformidad y las enfermedades tanto físicas como mentales abundan tanto en los países más pobres como en el llamado “primer mundo”. Sabe que la ciencia es un medio valioso para la mejora de la especie humana, pero sólo si va de la mano de la ética. El ser libre no tiene reparos de hablar de la eugenesia, porque sabe que, bien entendida, es totalmente opuesta a la praxis aberrante que se llevó a cabo en su nombre en ciertos episodios tristes del siglo pasado, del que el holocausto nazi es un triste ejemplo (si bien no el único). No se trata en absoluto de ayudar a que los débiles perezcan, como afirmaba Nietzsche en “El Anticristo”, sino de impedir que las taras físicas y psíquicas se perpetúen en la herencia genética. En esto los avances científicos (sobre todo en la biología) nos pueden ofrecer una inestimable ayuda.
Por otro lado, y aun admitiendo que la naturaleza no reparte sus dones por igual entre los seres humanos, también es cierto que es posible superar dones adversos y esa es una de las grandezas del ser humano. Un animal enfermo y débil no tarda en sucumbir en la naturaleza. Un hombre puede trascender sus enfermedades y sus desventajas y vivir una vida plena en sociedad.
El ser libre no desprecia a los seres humanos más desfavorecidos física o mentalmente, ni malgasta su tiempo ejercitando una falsa compasión. No ayuda a personas de carácter débil, incapaces de salir de sus problemas por ellos mismos debido a su propia pereza. El ser libre no ayuda a quien no está dispuesto a poner de su parte para salir de una situación difícil. Pero tampoco se encierra en una isla elitista, no permanece en una atalaya desde la que mirar con condescendencia a sus semejantes menos favorecidos. Disfruta de la compañía de otros seres humanos y asume que forma parte de la gran familia humana. Sabe que, como persona esclarecida, su obligación es conseguir que haya más como él, y hace todo lo que está en su mano para conseguirlo.
El ser libre sabe que la igualdad no implica necesariamente uniformidad, sino que en ella puede y debe caber también la diversidad. No es necesario (es incluso perjudicial) que haya unidad de pensamiento (esto es, pensamiento único) para eludir los enfrentamientos. Lo que sí es necesario es que haya unidad espiritual, que los seres humanos se consideren iguales en derechos y en obligaciones y en su condición de “humanidad”. El ser libre considera que sería todavía más deseable que, además de verse como seres humanos con igualdad de derechos, se vieran también como hermanos.
El superhombre no ve en la mujer el “reposo del guerrero” sino su complemento. El superhombre no vive solo sino en pareja, y considera la familia como la institución indispensable desde la que generar seres libres responsables. Sabe que hombres y mujeres, aunque merecen el mismo respeto en su condición de seres humanos, no son iguales: tienen diferentes dotes y capacidades, que no por ello hacen a unos inferiores o superiores en sentido absoluto. La clave está en alcanzar esa igualdad, pero sin dejar de tener en cuenta nuestras particularidades y nuestras diferencias. Recordemos que la igualdad no equivale necesariamente a uniformidad.
Es más: el ser libre es consciente de que es muy difícil que hombres y mujeres se comprendan totalmente algún día, pero está convencido de que, el día que hombres y mujeres trabajen codo con codo en lugar de tiranizarse el uno al otro y obstaculizar el camino del otro, aunando capacidades, el mundo dará pasos de gigante.
El ser libre lo es con sólo desearlo, con vivir según su libertad responsable. Tenemos muchas herramientas para ser libres. Usémoslas y el ser libre dejará de ser una rareza para llegar ser mayoría en la humanidad. El día en que seamos conscientes del tremendo poder que tenemos, será el comienzo de una etapa prometedora en la evolución de la humanidad. Una etapa que ahora nos puede parecer utópica, pero en la que bien podría ser que el capitalismo se haya vuelto ético y solidario, y fomente las iniciativas del ciudadano individual, a la par que se toman medidas para la colectividad. Donde la educación en la familia y en la escuela tendrá un valor capital. Donde el trabajo haya dejado de considerarse algo alienante para pasar a verse como una oportunidad de servicio a la sociedad. Donde la ociosidad, la pereza y la riqueza inmerecida estarán mal vistas. Donde las personas dedicarán su ocio a su realización personal. Donde se consiga la unidad necesaria para que todos los pueblos avancen en la misma dirección.