martes, 18 de agosto de 2026

Donde los finales felices son para siempre. El cuento


Érase una vez una niña, de nombre Ada, nacida en los años 60 en Barcelona. Sus padres emigraron a esa ciudad del noreste de España desde el sur y se instalaron en uno de los muchos barrios que crecieron de manera rápida y descontrolada durante los años sesenta del siglo pasado. Su padre, obrero de la construcción, murió al caerse de un andamio y el dueño de la empresa de construcción para la que trabajaba, como compensación y en parte por remordimiento, le ofreció a Pilar, la madre de Ada, un trabajo como sirvienta interina en su casa, ubicada en un barrio de la zona alta de Barcelona. También le ofreció la posibilidad de que Ada viviera con ella en una de las habitaciones del servicio y fuera a un colegio de monjas cercano. Por entonces, Ada tenía diez años.

Ada echaba de menos a sus amigas del barrio y el colegio, pero estaba contenta de poder vivir con su madre y procuraba ayudarla en todo lo que podía. La abuela materna de Ada, Milagros, se fue del pueblo para vivir en el humilde piso de Pilar. Así estaría más cerca de ellas y mantendría el piso habitado. En los días libres de Pilar, volvían al piso y así podían reunirse las tres durante esos breves momentos. Ada recordaría siempre aquellos días con nostalgia.

Mientras su madre estaba trabajando, Ada disfrutaba leyendo y dibujando en la gran cocina de la enorme casa. Los dueños tenían seis hijos, cuatro niños y dos niñas. Aunque todos tenían edades cercanas a la de Ada, casi todos la ignoraban o fingían que no estaba allí, como si ser la hija de la sirvienta la hiciera automáticamente invisible. Pero uno de ellos sí la veía, y eso le hacía sentir calor en el corazón.

Max era el cuarto hijo. Tenía un año más que Ada. Era alto y delgado, de pelo casi rubio, ojos verdes grandes y cálidos y una sonrisa encantadora como nunca Ada había visto. Ella recordaría siempre la primera vez que lo vio asomarse a la cocina una tarde, mientras ella estaba haciendo los deberes. Empezaron a charlar y enseguida se hicieron amigos. A los dos les gustaba leer, y él le prestó muchos de sus libros, que Ada devoraba con avidez y luego comentaban. Pronto empezaron a hacer los deberes juntos en la cocina y a pasar juntos todo el tiempo que podían.

Pronto también Ada supo que Max se sentía un poco solo. Sus padres no eran muy cariñosos con sus hijos, en parte por estar ocupados con otras cosas, en parte porque creían que darles cariño les haría débiles. Pero él necesitaba el cariño como el aire que respiraba; por eso Max buscaba en la sirvienta y en su hija el calor humano que le faltaba en su familia.

Llegaron los años de la adolescencia, y un día de finales de junio Max se despidió de ella hasta el comienzo de curso siguiente, pues sus padres habían decidido enviarlo a estudiar inglés a Irlanda durante todo el verano. Ada sintió algo que no había advertido hasta entonces. No solo iba a echar mucho de menos a Max: sentía que su ausencia iba a dolerle igual que si le arrancaran un brazo. Tenía quince años, y se dio cuenta de algo que le sacudió como un mazazo: se había enamorado de Max.

Todo aquel verano no dejó de pensar en Max y de preguntarse si él sentiría lo mismo por ella. Aunque siempre se había mostrado afectuoso, nunca había dado a entender que tuviera sentimientos románticos hacia ella. Pasó noches enteras imaginando todos los escenarios posibles y ensayando posibles conversaciones, y lo único que conseguía era obsesionarse más y más, y no ver ninguna salida a su situación.

Max regresó a principios de septiembre, justo unos días antes de comenzar el curso. En cuanto lo vio, Ada sintió que el pulso se le aceleraba, y también notó que algo había cambiado entre ellos: no solo ella se sentía cohibida ante su presencia y sin saber qué decir, él también parecía estar nervioso ante su presencia y rehuía su mirada. Sin embargo, en cuanto ella apartaba la vista o estaba ocupada haciendo alguna cosa, sentía los ojos de él clavados en ella.

Tres días más tarde, una mañana en la que Ada estaba sola en la cocina leyendo una novela en un esfuerzo inútil de pensar en otra cosa que no fuera Max, él apareció en la entrada de la cocina y, después de saludarla, se sentó junto a ella. La miró a los ojos con determinación y le dijo que la había echado mucho de menos durante aquel verano. Solo eso ya hizo que Ada sintiera las famosas mariposas revoloteando en el estómago, pero Max no se detuvo ahí: le dijo que sentía algo por ella, y ahí las mariposas echaron a volar por toda la estancia.

Ada enseguida le dijo que sus sentimientos eran correspondidos. Durante unos segundos que parecieron horas se miraron a los ojos mientras acercaban sus rostros en un beso dulce y torpe. Luego se abrazaron hasta que oyeron pasos por el pasillo y se separaron, sonrojados.

Aquel fue el comienzo de una relación que mantuvieron en secreto ante sus familias. Durante los dos primeros años, no se plantearon el futuro de su relación, sino que vivieron el momento todo lo intensamente que pudieron. Aprovechaban cualquier ocasión para verse a escondidas y dar rienda suelta a la pasión que sentían el uno por el otro. Al principio era a partes iguales excitante y aterrador ante la posibilidad de ser descubiertos, pero pronto la vida iba a ponerles las cosas un poco más difíciles.

Justo el día que Max cumplió dieciocho años, en su último año de Bachillerato, su padre le llamó a su despacho y le dijo cuáles eran sus planes para él. Estudiaría Ingeniería de Caminos para incorporarse después a la empresa familiar, y le insinuó que un amigo empresario tenía una hija que podía ser una buena esposa para él. Max no se sorprendió: sabía que el poder de decidir sobre su futuro en su familia estaba muy limitado, y también sabía que había cosas a las que no iba a renunciar, como a su amor por Ada.

Max empezó a ir a la universidad, lo que hizo que su tiempo libre se redujera un poco más. Apenas se veían una o dos veces por semana, y solo un par de horas, pero no se quejaban. Lo importante es que podían estar juntos y olvidar durante un momento todas las circunstancias que los separaban.

Pero los padres de Max no olvidaban su intención de emparejarlo con la hija de su amigo y así unir a las dos familias, y solían invitarlos a comer o a cenar. Para Max era una tortura asistir a aquellas reuniones, y Ada veía con impotencia que no podía hacer nada más que confiar en Max.

La gota que colmó el vaso fue cuando sus padres lo presionaron para que saliera con la hija de su amigo a solas. Ella parecía atraída por Max, que solo la trataba con educada cortesía. Él no estaba dispuesto a seguir por ahí; su corazón estaba con Ada, así que tenía que pensar en cómo librarse de aquello. En cuanto pudo lo habló con Ada y ambos trazaron un plan.

Max estaba dispuesto a renunciar a todo por Ada. A pesar de su juventud, estaba seguro de haber encontrado al amor de su vida y no iba a dejarla por mantener su estatus social o sus comodidades materiales. Por su parte, Ada (que había empezado a estudiar Magisterio), confesó a su madre que tenía una relación con Max y le pidió consejo. Pilar la apoyó sin reservas, pues con los años le había tomado cariño a Max, y le dijo que podían irse a vivir a su casa de la periferia, que se encontraba vacía desde hacía unos meses pues Milagros, la madre de Pilar, había fallecido de un ataque al corazón.

Para no levantar sospechas, Ada se marchó primero, bajo la excusa de que necesitaban mantener el piso ocupado, y unos meses después Max se marchó de su casa sin dar otra explicación de que quería vivir su vida a su manera. Sus padres se lo tomaron muy mal y le dijeron que no volviera jamás. Se ocuparon de que no recibiera ni un céntimo de la familia.

Los años que siguieron fueron duros, pero también los más felices de su vida. Los dos tuvieron que estudiar y trabajar duro para salir adelante. Su amor evolucionó hacia algo más profundo y no cedió ante las adversidades. No tenían apenas nada, pero eran felices el uno con el otro.

Por desgracia, aquella felicidad quedó truncada una trágica mañana de primavera. Ada recibió una llamada de la policía, que le dijo que Max había tenido un accidente de tráfico que le había costado la vida. Tenía 25 años.

Durante un año, Ada se limitó a sobrevivir. Iba de la escuela donde daba clases a su casa, y apenas salía. Su madre fue su mayor apoyo en aquellos días. Ella también había pasado por la experiencia de perder al amor de su vida, y la comprendía mejor que nadie en este mundo.

Ada volvió a refugiarse en los libros, y pidió al Dios en el que a pesar de todo seguía creyendo que le diera fuerzas para seguir viviendo sin Max. Un buen día, se levantó de la cama con una idea clara en su mente: iba a transformar el duelo por el amor perdido en servicio a los demás. Quería dejar de compadecerse de sí misma y dedicar sus energías a algo más valioso. Disfrutaría de la vida, de la amistad y de la alegría de ayudar. Y eso hizo.

Durante los veranos, fue como voluntaria a organizar escuelas en comunidades pobres de otros países menos favorecidos. Tenía un buen grupo de amigos con los que disfrutar en los ratos libres, pero nunca se volvió a enamorar. Tenía la extraña convicción de que Max lo estaba esperando en alguna parte, y sentía que enamorarse de otro sería traicionarlo.

Los años pasaron volando y, un día, con sesenta años, poco después de despertarse, sintió un terrible dolor en el pecho. Mantuvo la consciencia lo suficiente para pensar que su vida en este mundo había terminado, y sintió una paz como nunca había sentido.

Lo siguiente que ocurrió fue que despertó tumbada en una sala llena de luz por todas partes, donde dos seres de una belleza extraordinaria la miraban sonrientes. Todavía confusa, se preguntó si aquello sería el cielo al que iban las personas después de morir, porque sin duda debía estar muerta.

Aquellos hermosos seres le hablaron en su idioma para tranquilizarla. En efecto, aquel era el cielo, uno de los primeros cielos que iba a recorrer si así lo deseaba. La invitaron a incorporarse del lecho donde estaba, y allí pudo comprobar que tenía un cuerpo parecido al suyo, pero con un aspecto mucho más joven.

Para su sorpresa, había muchos detalles de su vida anterior que eran apenas sombras en su memoria, pero sí recordaba a las personas que había conocido: sus amigos, su abuela, sus padres… pero, sobre todo, a Max. Enseguida se preguntó si estaría allí también.

Muy pronto sus dudas quedarían despejadas. Los dos hermosos seres la acompañaron fuera de aquella sala y, justo en la salida, vio a Max de pie con una gran sonrisa. Era el mismo Max que recordaba, joven y alegre, más guapo incluso.

Ella quiso salir corriendo a abrazarlo, pero todavía no estaba muy acostumbrada a su nuevo cuerpo y dio un par de pasos torpes hacia delante. Por suerte, Max se le había adelantado y en un suspiro la tenía entre sus brazos.

Durante un tiempo que pareció eterno estuvieron abrazados sin decirse nada.

—No me puedo creer que estés aquí —dijo ella con la voz quebrada por la emoción, mientras le abrazaba más fuerte.

—¿Dónde iba a estar, si no? Llevo mucho tiempo esperándote —dijo él, tan emocionado como ella.

Los dos se separaron y se miraron a los ojos con un amor que había ido más allá de la muerte, más allá de un final trágico que ahora era apenas un recuerdo borroso.

Como todos los recién llegados a aquel mundo, Ada tuvo diez días de vacaciones para familiarizarse con su nuevo cuerpo y con la vida que le esperaba allí. Tuvo la ocasión de reunirse con sus padres, con su abuela, con amigos que habían dejado su mundo antes que ella. Durante todos esos encuentros, Max no se separó nunca de su lado y le explicó muchas cosas de la vida cotidiana en aquellos mundos. Conversaron durante largas horas, abrazados. El tiempo parecía no existir cuando disfrutaban de la compañía del otro.

El último día de sus vacaciones, mientras estaban sentados junto a un pequeño lago rodeados de vegetación exuberante de colores imposibles, Max quiso leerle un párrafo de un libro que se había revelado en su mundo de origen, y que tenía un significado especial para él:

«Yo soy un Mensajero Poderoso, y puede que a los urantianos les interese saber que el compañero y colaborador de mi experiencia como mortal triunfó también en la gran prueba y que, aunque hemos estado separados muchas veces y durante largos periodos en el multisecular ascenso hacia el interior a Havona, fuimos abrazados en el mismo grupo de setecientos mil y estuvimos en estrecha y amorosa unión durante nuestro tiempo de paso por Vicegerington. Finalmente fuimos comisionados y asignados juntos a Uversa de Orvonton, y a menudo se nos envía como compañeros a misiones que requieren el trabajo de dos Mensajeros.» 22:2.6 (245.6)

Ada no entendió la mitad de lo que decía aquella cita, pero intuyó que podía ser importante para su compañero.

—Esos podemos ser nosotros. Mensajeros Poderosos —explicó Max—. Antiguos mortales que llegan hasta el Paraíso y vuelven para servir en los universos. ¿No te gustaría?

—¿Si vienes conmigo? Desde luego —respondió ella sin dudar.

—Puede que no estuviéramos juntos todo el tiempo, pero… ¿qué más da, si tenemos toda la eternidad por delante?

—Tienes razón —asintió Ada—. Seguro que tarde o temprano volveremos a encontrarnos. No llevo mucho tiempo aquí, pero si algo he aprendido es que a este lado los finales felices son para siempre.

—Así es. Para siempre —dijo Max con una amplia sonrisa mientras entrelazaba los dedos de la mano con los de Ada.

Miraron juntos el lago sin dejar de sonreír mientras imaginaban el futuro brillante que les esperaba.

 

FIN


martes, 14 de febrero de 2023

Ya está disponible "Dialogues avec Sophie"

 

Finalmente ya está aquí: he puesto a disposición del público en general la traducción francesa de Diálogos con Sofía.

Como con todas mis novelas, la versión digital será gratuita, y la versión para Kindle e impresa tendrá el menor costo posible.

Enlace gratuito para descargar el PDF

Compra del libro impreso en Lulu.com

Compra de la versión Kindle en Amazon

Si tenéis amigos franceses a los que creéis que pueda interesarle, ¡compartid! Ojalá que llegue a muchas almas en este idioma, igual que ha sucedido con el original y las traducciones anteriores.

viernes, 27 de enero de 2023

Premio para "La voce dei pionieri"


 He tardado un poco más de lo previsto en tenerlo en mis manos, ¡pero ya está aquí! Hoy me ha llegado a casa la placa que certifica que La voce dei pionieri (la versión italiana de La voz de los pioneros) ganó el Premio Speciale Pianeta Donna, para las novelas que promueven valores positivos. El premio está organizado por la Asociazione Culturale Pegasus de Cattolica, una pequeña ciudad situada a orillas del mar Adriático.

Pequeños logros como este son un estímulo que me anima a seguir escribiendo y a hacer todo lo posible porque mis novelas se traduzcan a otros idiomas. ¡Muy pronto habrá noticias al respecto!

miércoles, 23 de febrero de 2022

Escondido en la jungla de Internet

 

Después de un par de meses de no asomarme por aquí a escribir una entrada, me apetece reflexionar sobre el hecho mismo de escribir un blog.

Aunque hay muchos blogs exitosos ahí fuera con millones de visitas, el mío es uno de tantos millones de blog que apenas nadie lee. No es que tuviera muchas expectativas al respecto, pero resulta curioso (y hasta cierto punto descorazonador) que mis entradas más leídas apenas superen las cien visitas.

Es cierto que no soy famosa y mi presencia en las redes sociales es más bien escasa, lo que desde luego no ayuda. Tampoco la temática del blog, dedicado a mis novelas y a reflexiones sobre lo humano y lo divino que le resultarían extrañas a la mayoría de la gente. A pesar de que mis cinco novelas son gratuitas en formato electrónico, no es que hayan tenido mucho eco, más allá de un par de grados de separación (o al menos a mí no me ha llegado ese eco). Todo esto hace que me dé cuenta de que, en esta jungla de Internet, la publicidad lo es todo.

Y tengo que confesar que no tengo ni tiempo ni ganas de dedicarme a dar publicidad a lo mío.

Entonces, os preguntaréis (en el caso de que haya alguien leyendo esto que no sea la NSA, la CIA o Google): ¿para qué te esfuerzas siquiera en mantener este blog? ¿No es un poco tonto escribir para… bueno, para NADIE?

Para responder a estas preguntas, habría que plantearse por qué alguien escribe, en primer lugar. Al menos en mi caso, escribo para expresar parte de mi mundo interior como motivo principal, y en segundo lugar por si a alguien le sirve o le gusta o se siente identificado con lo que digo. O sea, llegar a otros no es mi objetivo principal, pero sí es un objetivo.

Me gusta escribir y dejar mis reflexiones por aquí, siempre que considere que merecen la pena o no me dé demasiada pereza ni pudor pasarlas de mi mente a palabras escritas. El problema está en llegar a ese «alguien» en la jungla de Internet. Y más cuando el formato blog ya hace años que perdió su atractivo en favor de las redes sociales y de su cacofonía de contenidos de fácil consumo que requieren nula reflexión.

Aun así, y aunque suene muy típico, me gustaría pensar que este blog es como un mensaje en una botella de entre cientos de millones de botellas que hay flotando en el océano. Durante mucho tiempo la botella está flotando, ignorada por todo y por todos, hasta que un buen día (por vete tú a saber qué motivos o azares de la vida) alguien la destapa y se asoma a su contenido.

Este mensaje será una prueba de cuántos van a destapar la botella. Por favor, deja un comentario si eres ese «alguien». Y gracias por leerme.


jueves, 16 de diciembre de 2021

Balance


 Como hice el año pasado por estas fechas, me gustaría reflexionar sobre todo lo que me ha traído este año. Un año que, dicho sea de paso, me resulta difícil distinguir del año anterior. 

Por lo que he podido comprobar, no soy la única a la que le pasa. Los dos años, 2020 y 2021, parecen haberse fundido en un solo año de m*****. Muchas veces tengo que pararme a pensar si aquello en concreto que estoy recordando sucedió en 2020 o en 2021. Es como si hubiera habido un año de 24 meses en lugar de doce.

El año empezó con la publicación de mi última novela (por el momento), Las tres visitas. Por lo demás, tenía más o menos las mismas perspectivas que cuando terminó 2020. En mi caso, teletrabajando todos los días, para evitar la ¿tercera? ola (ya he perdido la cuenta, ahora dicen que vamos por la sexta). En marzo, mi empresa sufrió un serio ciberataque de tipo ransomware que hizo que estuviéramos dos semanas sin poder trabajar, tan solo teníamos acceso al correo electrónico. Ahí aprendí que muchas veces damos por sentadas cosas que llevan mucho trabajo detrás. 

En abril fue la Conferencia de la Asociación Urantia Internacional, que a pesar de ser virtual consiguió conectarme de una manera especial con todos los que compartimos el entusiasmo y la ilusión por las enseñanzas de El libro de Urantia. Esa fue la primera vez que di una presentación en una conferencia internacional y me siento muy agradecida por haber tenido esa gran oportunidad. Además, hice la presentación conjuntamente con Sebastián Nozzi, con el que tuve una gran sintonía desde el principio y eso se notó en el resultado final.

Este año he participado en otros dos eventos Urantia de carácter internacional: el Urantiatón Artístico del mes de agosto, donde hablé sobre mis cinco novelas y la difusión de las enseñanzas del libro a través de la literatura, y el Urantiatón Iberoamericano, en el que di una presentación sobre los retos de los líderes de la quinta revelación.

Poco después del Urantiatón Artístico, y gracias a la inestimable ayuda de Rick Warren, publiqué The Three Visitors, la traducción al inglés de Las tres visitas, de la que he recibido comentarios muy positivos. A raíz de esta publicación espero que se vaya traduciendo a otros idiomas. Sé que la versión en alemán está de camino, gracias a mi amigo Alex H.

También en agosto me contactaron de una editorial italiana para pedirme el manuscrito de La voz de los pioneros, con la intención de evaluar su traducción y publicación en idioma italiano. Ya pensaba que aquello no iba a seguir adelante cuando en noviembre me contactaron para hacerme una propuesta de publicación. Propuesta que he aceptado y que ya ha echado a andar. ¡Vamos a ver en qué resulta! No deja de resultarme curioso que esta novela, junto con El largo viaje a Edén, ha sido a la que menos publicidad le he dado, y sin embargo es la que va a tener la oportunidad de acceder a un público más general (al menos esa es la intención).

Como en años anteriores, he llevado a cabo traducciones de trabajos secundarios de otros autores, como el de mi querido amigo Rick Warren, de quien he traducido al español cuatro de sus novelas: La misión de Melquisedec, Los primeros humanos: Andón y Fonta, Los intermedios y El Príncipe Planetario. Esta última no está todavía terminada, pero lo estará en breve.

Podríamos decir que este será el año en que oficialmente se cierre el proyecto en el que he estado diez años: la revisión de la traducción al español de El libro de Urantia. Digo que oficial pues justamente hace unos minutos acaba de publicarse en la web de la Fundación Urantia. Este es un momento muy especial para mí, pues es la línea de meta de una maratón muy larga. El trabajo ya está hecho. Ahora queda hacer que fructifique.

Este año se cerró mi etapa como miembro del equipo de Ágora 2.0, tras la finalización del ciclo de conferencias sobre la verdad, belleza y bondad en septiembre. Ha sido una experiencia muy enriquecedora para mí y la recordaré siempre con cariño, pero también sentía que era el momento de dar un paso atrás y dedicarme a otros proyectos. La senda está marcada, y sé que si es la voluntad del Jefe que el proyecto siga adelante, seguirá.

En lo personal, a finales de agosto pasé por la experiencia de la muerte de mi padre. Es en situaciones como esta en la que agradezco tener fe, pues me ha reconfortado mucho tener la seguridad de que volveremos a encontrarnos al otro lado. El mismo día del funeral supe que quería escribir un libro con su vida y los recuerdos que tengo de él, así que ese ha sido otro de mis proyectos de este año que espero vea la luz el año que viene. Será el primer libro que escriba que no esté orientado a difundir las enseñanzas de El libro de Urantia, pero siento que debo hacerlo porque toda vida, por muy ordinaria y normal que parezca, merece ser contada. Todavía no sé si lo publicaré o lo guardaré para mi familia y para mí. Es algo que tendré que decidir más adelante.

En definitiva: este ha sido un año agridulce en el que ha pasado por momentos duros, pero también momentos de gran satisfacción (a veces a los primeros le han seguido los segundos).

Todos esperamos que 2022 sea realmente un año más normal, en el que podamos hacer todas aquellas cosas que hacíamos antes de que la pandemia volviera el mundo del revés. No sé si la normalidad va a regresar, no al menos como la entendíamos hace dos años. Lo que sí que pido es que sea un año cargado de experiencias de aprendizaje en el que pueda cumplir algunos de mis sueños.

Y si no puedo cumplirlos... al menos que esté un poco más cerca de conseguirlos.


miércoles, 1 de septiembre de 2021

Esa palabra que empieza por S

 

Últimamente he estado viendo vídeos de un canal de un joven catalán, Carles Tamayo, que se dedica a denunciar a sectas y «grupos coercitivos». Esta última denominación supongo que se ha acuñado porque normalmente asociamos las sectas con organizaciones religiosas o pseudorreligiosas, pero lo cierto es que hay grupos no relacionados con religiones que tienen comportamientos y estrategias de tipo sectario. Un ejemplo es el de IM Academy, una supuesta academia de trading online que en realidad encubre una estafa piramidal en toda regla. Aunque, bien mirado, y teniendo en cuenta que el dinero es dios para muchas personas, no deja de tener una connotación «religiosa» (esta última palabra, con muchas comillas).

Es triste ver cómo este tipo de organizaciones juegan con la desesperación y la ilusión de gente joven, que ven su futuro laboral cada vez más negro, con una crisis que no ha terminado (y que no lo hará, me temo), combinada con una pandemia mundial que no ha hecho sino empeorar su situación. Frente a este sombrío panorama aparece una organización que parece dar sentido a su vida, que les dice que pueden ser ricos en poco tiempo y con apenas esfuerzo. Tanto se lo creen que acaban alejándose de familia y amigos; la academia pasa a ser su familia, su círculo de amigos y, lo más importante, su razón de ser. Ante cualquier atisbo de crítica, los líderes de la academia les piden que confíen ciegamente y crean en ellos. Poco a poco les alejan de las personas que realmente les quieren y se preocupan por ellos, les aíslan, pasan a ser seguidores obedientes que solo viven para conseguir más seguidores. ¿Os suena? Es el típico comportamiento de una secta.

Este tipo de organizaciones aprovecha muy bien las debilidades de la psique humana. Por ejemplo, la disonancia cognitiva. Incluso cuando todo se desmorona (porque las estafas piramidales, tarde o temprano, acaban por derrumbarse como un castillo de naipes), la gran mayoría de los estafados se niega a creer que ha sido engañado. Han invertido demasiado tiempo y dinero como para reconocer sinceramente que han caído en una estafa. Por eso prefieren creer en las mentiras de sus mal llamados líderes, que cuando las cosas se ponen feas acaban poniendo pies en polvorosa y crean otra empresa para seguir con esas estafas piramidales que tan pingües beneficios les aportan. Las mentiras son el clavo ardiendo al que se aferran desesperadamente, hasta que finalmente la realidad acaba enfrentándolos a la dura verdad.

Es muy humano querer evitar el pensamiento de que somos estúpidos por caer en un engaño. Aunque todos somos susceptibles de ser engañados, y eso hasta cierto punto debería consolarnos (aunque sea al estilo del refrán «mal de muchos, consuelo de tontos»), en algún momento hay que ser lo bastante valientes y honrados con nosotros mismos para afrontar la realidad y admitir que nos han timado. El tiempo y dinero que nos han robado es simplemente el que nos ha costado aprender una lección que no debemos olvidar jamás.

Personalmente me llama la atención que existan ese tipo de sectas no religiosas, aunque entiendo que puedan existir debido a la falta de orientación y de valores que guíen la existencia de muchos, sobre todo de los más jóvenes. En el fondo, da igual que ese tipo de grupos coercitivos estén o no basados en una religión (mal llamada de esta forma), porque eso no deja de ser la excusa para subyugar a otros a unirse y a dar su tiempo y su dinero a la causa de los líderes de este tipo de organizaciones. Que haya tantos que sucumban a esos cantos de sirena es el síntoma de una enfermedad más profunda: la ausencia de una fundamentación sólida de los valores, que tengo muy claro que solo puede venir de un sitio: de la religión, entendida como experiencia personal con Dios.