Érase una vez una niña, de nombre Ada, nacida en los años
60 en Barcelona. Sus padres emigraron a esa ciudad del noreste de España desde
el sur y se instalaron en uno de los muchos barrios que crecieron de manera
rápida y descontrolada durante los años sesenta del siglo pasado. Su padre,
obrero de la construcción, murió al caerse de un andamio y el dueño de la
empresa de construcción para la que trabajaba, como compensación y en parte por
remordimiento, le ofreció a Pilar, la madre de Ada, un trabajo como sirvienta
interina en su casa, ubicada en un barrio de la zona alta de Barcelona. También
le ofreció la posibilidad de que Ada viviera con ella en una de las
habitaciones del servicio y fuera a un colegio de monjas cercano. Por entonces,
Ada tenía diez años.
Ada echaba de menos a sus amigas del barrio y el colegio,
pero estaba contenta de poder vivir con su madre y procuraba ayudarla en todo
lo que podía. La abuela materna de Ada, Milagros, se fue del pueblo para vivir
en el humilde piso de Pilar. Así estaría más cerca de ellas y mantendría el
piso habitado. En los días libres de Pilar, volvían al piso y así podían
reunirse las tres durante esos breves momentos. Ada recordaría siempre aquellos
días con nostalgia.
Mientras su madre estaba trabajando, Ada disfrutaba
leyendo y dibujando en la gran cocina de la enorme casa. Los dueños tenían seis
hijos, cuatro niños y dos niñas. Aunque todos tenían edades cercanas a la de
Ada, casi todos la ignoraban o fingían que no estaba allí, como si ser la hija
de la sirvienta la hiciera automáticamente invisible. Pero uno de ellos sí la veía,
y eso le hacía sentir calor en el corazón.
Max era el cuarto hijo. Tenía un año más que Ada. Era
alto y delgado, de pelo casi rubio, ojos verdes grandes y cálidos y una sonrisa
encantadora como nunca Ada había visto. Ella recordaría siempre la primera vez
que lo vio asomarse a la cocina una tarde, mientras ella estaba haciendo los
deberes. Empezaron a charlar y enseguida se hicieron amigos. A los dos les
gustaba leer, y él le prestó muchos de sus libros, que Ada devoraba con avidez
y luego comentaban. Pronto empezaron a hacer los deberes juntos en la cocina y
a pasar juntos todo el tiempo que podían.
Pronto también Ada supo que Max se sentía un poco solo.
Sus padres no eran muy cariñosos con sus hijos, en parte por estar ocupados con
otras cosas, en parte porque creían que darles cariño les haría débiles. Pero
él necesitaba el cariño como el aire que respiraba; por eso Max buscaba en la
sirvienta y en su hija el calor humano que le faltaba en su familia.
Llegaron los años de la adolescencia, y un día de finales
de junio Max se despidió de ella hasta el comienzo de curso siguiente, pues sus
padres habían decidido enviarlo a estudiar inglés a Irlanda durante todo el
verano. Ada sintió algo que no había advertido hasta entonces. No solo iba a
echar mucho de menos a Max: sentía que su ausencia iba a dolerle igual que si
le arrancaran un brazo. Tenía quince años, y se dio cuenta de algo que le
sacudió como un mazazo: se había enamorado de Max.
Todo aquel verano no dejó de pensar en Max y de
preguntarse si él sentiría lo mismo por ella. Aunque siempre se había mostrado
afectuoso, nunca había dado a entender que tuviera sentimientos románticos
hacia ella. Pasó noches enteras imaginando todos los escenarios posibles y
ensayando posibles conversaciones, y lo único que conseguía era obsesionarse
más y más, y no ver ninguna salida a su situación.
Max regresó a principios de septiembre, justo unos días
antes de comenzar el curso. En cuanto lo vio, Ada sintió que el pulso se le
aceleraba, y también notó que algo había cambiado entre ellos: no solo ella se
sentía cohibida ante su presencia y sin saber qué decir, él también parecía
estar nervioso ante su presencia y rehuía su mirada. Sin embargo, en cuanto
ella apartaba la vista o estaba ocupada haciendo alguna cosa, sentía los ojos
de él clavados en ella.
Tres días más tarde, una mañana en la que Ada estaba sola
en la cocina leyendo una novela en un esfuerzo inútil de pensar en otra cosa
que no fuera Max, él apareció en la entrada de la cocina y, después de
saludarla, se sentó junto a ella. La miró a los ojos con determinación y le
dijo que la había echado mucho de menos durante aquel verano. Solo eso ya hizo
que Ada sintiera las famosas mariposas revoloteando en el estómago, pero Max no
se detuvo ahí: le dijo que sentía algo por ella, y ahí las mariposas echaron a
volar por toda la estancia.
Ada enseguida le dijo que sus sentimientos eran
correspondidos. Durante unos segundos que parecieron horas se miraron a los
ojos mientras acercaban sus rostros en un beso dulce y torpe. Luego se
abrazaron hasta que oyeron pasos por el pasillo y se separaron, sonrojados.
Aquel fue el comienzo de una relación que mantuvieron en
secreto ante sus familias. Durante los dos primeros años, no se plantearon el
futuro de su relación, sino que vivieron el momento todo lo intensamente que
pudieron. Aprovechaban cualquier ocasión para verse a escondidas y dar rienda
suelta a la pasión que sentían el uno por el otro. Al principio era a partes
iguales excitante y aterrador ante la posibilidad de ser descubiertos, pero
pronto la vida iba a ponerles las cosas un poco más difíciles.
Justo el día que Max cumplió dieciocho años, en su último
año de Bachillerato, su padre le llamó a su despacho y le dijo cuáles eran sus
planes para él. Estudiaría Ingeniería de Caminos para incorporarse después a la
empresa familiar, y le insinuó que un amigo empresario tenía una hija que podía
ser una buena esposa para él. Max no se sorprendió: sabía que el poder de
decidir sobre su futuro en su familia estaba muy limitado, y también sabía que
había cosas a las que no iba a renunciar, como a su amor por Ada.
Max empezó a ir a la universidad, lo que hizo que su
tiempo libre se redujera un poco más. Apenas se veían una o dos veces por
semana, y solo un par de horas, pero no se quejaban. Lo importante es que
podían estar juntos y olvidar durante un momento todas las circunstancias que
los separaban.
Pero los padres de Max no olvidaban su intención de
emparejarlo con la hija de su amigo y así unir a las dos familias, y solían
invitarlos a comer o a cenar. Para Max era una tortura asistir a aquellas
reuniones, y Ada veía con impotencia que no podía hacer nada más que confiar en
Max.
La gota que colmó el vaso fue cuando sus padres lo
presionaron para que saliera con la hija de su amigo a solas. Ella parecía
atraída por Max, que solo la trataba con educada cortesía. Él no estaba
dispuesto a seguir por ahí; su corazón estaba con Ada, así que tenía que pensar
en cómo librarse de aquello. En cuanto pudo lo habló con Ada y ambos trazaron
un plan.
Max estaba dispuesto a renunciar a todo por Ada. A pesar
de su juventud, estaba seguro de haber encontrado al amor de su vida y no iba a
dejarla por mantener su estatus social o sus comodidades materiales. Por su
parte, Ada (que había empezado a estudiar Magisterio), confesó a su madre que
tenía una relación con Max y le pidió consejo. Pilar la apoyó sin reservas,
pues con los años le había tomado cariño a Max, y le dijo que podían irse a
vivir a su casa de la periferia, que se encontraba vacía desde hacía unos meses
pues Milagros, la madre de Pilar, había fallecido de un ataque al corazón.
Para no levantar sospechas, Ada se marchó primero, bajo
la excusa de que necesitaban mantener el piso ocupado, y unos meses después Max
se marchó de su casa sin dar otra explicación de que quería vivir su vida a su
manera. Sus padres se lo tomaron muy mal y le dijeron que no volviera jamás. Se
ocuparon de que no recibiera ni un céntimo de la familia.
Los años que siguieron fueron duros, pero también los más
felices de su vida. Los dos tuvieron que estudiar y trabajar duro para salir
adelante. Su amor evolucionó hacia algo más profundo y no cedió ante las
adversidades. No tenían apenas nada, pero eran felices el uno con el otro.
Por desgracia, aquella felicidad quedó truncada una
trágica mañana de primavera. Ada recibió una llamada de la policía, que le dijo
que Max había tenido un accidente de tráfico que le había costado la vida.
Tenía 25 años.
Durante un año, Ada se limitó a sobrevivir. Iba de la
escuela donde daba clases a su casa, y apenas salía. Su madre fue su mayor
apoyo en aquellos días. Ella también había pasado por la experiencia de perder
al amor de su vida, y la comprendía mejor que nadie en este mundo.
Ada volvió a refugiarse en los libros, y pidió al Dios en
el que a pesar de todo seguía creyendo que le diera fuerzas para seguir
viviendo sin Max. Un buen día, se levantó de la cama con una idea clara en su
mente: iba a transformar el duelo por el amor perdido en servicio a los demás.
Quería dejar de compadecerse de sí misma y dedicar sus energías a algo más
valioso. Disfrutaría de la vida, de la amistad y de la alegría de ayudar. Y eso
hizo.
Durante los veranos, fue como voluntaria a organizar
escuelas en comunidades pobres de otros países menos favorecidos. Tenía un buen
grupo de amigos con los que disfrutar en los ratos libres, pero nunca se volvió
a enamorar. Tenía la extraña convicción de que Max lo estaba esperando en
alguna parte, y sentía que enamorarse de otro sería traicionarlo.
Los años pasaron volando y, un día, con sesenta años,
poco después de despertarse, sintió un terrible dolor en el pecho. Mantuvo la
consciencia lo suficiente para pensar que su vida en este mundo había
terminado, y sintió una paz como nunca había sentido.
Lo siguiente que ocurrió fue que despertó tumbada en una
sala llena de luz por todas partes, donde dos seres de una belleza
extraordinaria la miraban sonrientes. Todavía confusa, se preguntó si aquello
sería el cielo al que iban las personas después de morir, porque sin duda debía
estar muerta.
Aquellos hermosos seres le hablaron en su idioma para
tranquilizarla. En efecto, aquel era el cielo, uno de los primeros cielos que
iba a recorrer si así lo deseaba. La invitaron a incorporarse del lecho donde
estaba, y allí pudo comprobar que tenía un cuerpo parecido al suyo, pero con un
aspecto mucho más joven.
Para su sorpresa, había muchos detalles de su vida
anterior que eran apenas sombras en su memoria, pero sí recordaba a las
personas que había conocido: sus amigos, su abuela, sus padres… pero, sobre
todo, a Max. Enseguida se preguntó si estaría allí también.
Muy pronto sus dudas quedarían despejadas. Los dos
hermosos seres la acompañaron fuera de aquella sala y, justo en la salida, vio
a Max de pie con una gran sonrisa. Era el mismo Max que recordaba, joven y
alegre, más guapo incluso.
Ella quiso salir corriendo a abrazarlo, pero todavía no
estaba muy acostumbrada a su nuevo cuerpo y dio un par de pasos torpes hacia
delante. Por suerte, Max se le había adelantado y en un suspiro la tenía entre
sus brazos.
Durante un tiempo que pareció eterno estuvieron abrazados
sin decirse nada.
—No me puedo creer que estés aquí —dijo ella con la voz
quebrada por la emoción, mientras le abrazaba más fuerte.
—¿Dónde iba a estar, si no? Llevo mucho tiempo
esperándote —dijo él, tan emocionado como ella.
Los dos se separaron y se miraron a los ojos con un amor
que había ido más allá de la muerte, más allá de un final trágico que ahora era
apenas un recuerdo borroso.
Como todos los recién llegados a aquel mundo, Ada tuvo
diez días de vacaciones para familiarizarse con su nuevo cuerpo y con la vida
que le esperaba allí. Tuvo la ocasión de reunirse con sus padres, con su
abuela, con amigos que habían dejado su mundo antes que ella. Durante todos
esos encuentros, Max no se separó nunca de su lado y le explicó muchas cosas de
la vida cotidiana en aquellos mundos. Conversaron durante largas horas,
abrazados. El tiempo parecía no existir cuando disfrutaban de la compañía del
otro.
El último día de sus vacaciones, mientras estaban
sentados junto a un pequeño lago rodeados de vegetación exuberante de colores
imposibles, Max quiso leerle un párrafo de un libro que se había revelado en su
mundo de origen, y que tenía un significado especial para él:
«Yo soy un Mensajero
Poderoso, y puede que a los urantianos les interese saber que el compañero y
colaborador de mi experiencia como mortal triunfó también en la gran prueba y
que, aunque hemos estado separados muchas veces y durante largos periodos en el
multisecular ascenso hacia el interior a Havona, fuimos abrazados en el mismo
grupo de setecientos mil y estuvimos en estrecha y amorosa unión durante
nuestro tiempo de paso por Vicegerington. Finalmente fuimos comisionados y
asignados juntos a Uversa de Orvonton, y a menudo se nos envía como compañeros
a misiones que requieren el trabajo de dos Mensajeros.» 22:2.6 (245.6)
Ada no entendió la mitad de lo que decía aquella cita,
pero intuyó que podía ser importante para su compañero.
—Esos podemos ser nosotros. Mensajeros Poderosos —explicó
Max—. Antiguos mortales que llegan hasta el Paraíso y vuelven para servir en
los universos. ¿No te gustaría?
—¿Si vienes conmigo? Desde luego —respondió ella sin
dudar.
—Puede que no estuviéramos juntos todo el tiempo, pero…
¿qué más da, si tenemos toda la eternidad por delante?
—Tienes razón —asintió Ada—. Seguro que tarde o temprano
volveremos a encontrarnos. No llevo mucho tiempo aquí, pero si algo he
aprendido es que a este lado los finales felices son para siempre.
—Así es. Para siempre —dijo Max con una amplia sonrisa
mientras entrelazaba los dedos de la mano con los de Ada.
Miraron juntos el lago sin dejar de sonreír mientras
imaginaban el futuro brillante que les esperaba.
FIN
