lunes, 30 de marzo de 2020

El perdón

Imagen de Daniel Colombo

Desde que tengo uso de razón he tenido un gran sentido de la justicia, hasta tal punto de que me enojaba enormemente no solo ser víctima de una injusticia, sino de ver que otros lo eran. Quizá por eso me ha costado más comprender la necesidad de perdonar.

Perdonar es fácil cuando la otra persona reconoce su error y pide disculpas, pero ¿qué sucede cuando el que nos ofende, el que nos hace daño, ni siquiera se arrepiente? En ese caso es muy fácil guardar resentimiento y sentir que la herida no se ha cerrado. Al daño de la injusticia se le añade el daño de la ausencia de reparación, el «ni perdono ni olvido».

Nadie nos pide que olvidemos. Es más, tomado en su sentido literal, no hay que olvidar. Lo que hay que hacer es cerrar la herida y pasar página, seguir avanzando. Podemos recordar la ofensa, pero la veremos como algo del pasado que ya ha dejado de afectarnos. Perdonar es una liberación que aligera nuestra alma.

De hecho, la prueba de que amamos a nuestros semejantes es que podemos perdonarlos. «… cuando amáis a vuestro hermano, ya lo habéis perdonado…» (1898.4) 174:1.4

Tampoco hay que preguntarse si el que nos ha hecho daño merece nuestro perdón. Eso no nos corresponde a nosotros juzgarlo. Simplemente hay que perdonar porque necesitamos paz para seguir progresando. El odio es uno de los lastres que dificultan nuestro progreso. Si no perdonamos, si nos abandonamos al resentimiento, de alguna manera estamos perdiendo libre albedrío, pues otra persona está moldeando nuestros pensamientos.

Es cierto que hay cosas difíciles de perdonar. El mundo está lleno de situaciones en las que los seres humanos reciben heridas físicas y del alma que parecen imposibles de cerrar. Pero no podemos aferrarnos al pasado ni esperar que el karma o la justicia divina actúen cuando nosotros queremos (de la justicia humana mejor no hablamos).

En muchas ocasiones la justicia llegará cuando ni siquiera estemos en este mundo. Y no somos nosotros quien impartiremos justicia: ya hay otros seres allá arriba que se encargan de eso y ni siquiera es uno solo, sino varios. La justicia siempre se ejerce de manera colectiva.

Además, hemos de tener en cuenta que nuestra capacidad de perdonar será la vara de medir con que se nos perdonará a nosotros. Nos perdonarán en la medida en que seamos capaces de perdonar a nuestros semejantes.

«… El Padre que está en los cielos os ha perdonado incluso antes de que hayáis pensado en pedírselo, pero dicho perdón no está disponible en vuestra experiencia religiosa personal hasta el momento en que perdonáis a vuestros semejantes…» (1638.4) 146:2.4

Cuando somos demasiado estrictos con el obrar de otros, hemos de pararnos a pensar en si queremos que otros nos juzguen de la misma manera. ¿No queremos acaso que sean comprensivos con nosotros? Seamos entonces nosotros comprensivos con los demás, pues nos faltan elementos de juicio para tener una evaluación justa de sus actos.

Recordemos que no nos corresponde a nosotros juzgar.  Hay por ahí otros seres que sí tienen toda la información para realizar un veredicto, el más justo posible. ¡Dejemos que sean ellos quienes juzguen!

El día que dejamos de juzgar a los demás se produce una liberación. Si alguien ha realizado una mala acción, esa falta está en su «cuenta de resultados», no en la nuestra. Pero si no perdonamos, de alguna manera tenemos una parte de esa acción en nuestra propia cuenta. ¿Realmente queremos ir añadiendo «debes» a nuestra cuenta?



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